El periodista Juan Gossain abordó recientemente en su columna de EL TIEMPO, uno de esos temas minimizados en el sistema de salud colombiano, la muerte injustificada de mujeres embarazadas.
Considerando su gran interés, reproducimos las palabras de Gossain:

Por: Juan Gossaín
21 de marzo 2018 , 09:58 p.m.
Un país en el que las mujeres mueren por causas relacionadas con el embarazo, el parto y el puerperio no puede sino esgrimir la etiqueta del atraso (Comentario editorial de EL TIEMPO, 18 de mayo de 2015).
Los colombianos nos estamos preparando para celebrar el Día de la Madre dentro de un mes y medio, el domingo 13 de mayo, que por una física coincidencia, o por esos designios misteriosos que a veces tiene el destino, este año cae el mismo día en que la tradición católica conmemora la aparición de la Virgen María a unos pastorcitos de la parroquia de Fátima, en Portugal.

Sería bueno que esta vez, aprovechando la ocasión, nos detuviéramos un momento, aunque fuera un momentico, a pensar que cada año muere en Colombia una dolorosa cantidad de mujeres por razones vinculadas con el embarazo o con el parto.

En las regiones rurales y en los pueblos más olvidados las parturientas mueren en el monte, entre el follaje y las hormigas, sin asistencia médica. Muchas veces no solo fallece la madre, sino también la criatura que estaba esperando.

Pero se equivoca usted si cree que las grandes ciudades están a salvo de esa tragedia. Un funcionario de la Secretaría de Salud de Bogotá me contó hace unos días que allí mismo, en la capital del país, la dolorosa mortalidad materna está disparada. “Esas estadísticas son de las peores que hay en el mundo”, dice él, con desconsuelo. “Nos ponen, incluso, al mismo nivel de cualquiera de los países situados al sur del Sahara”.

Las cifras ni siquiera coinciden. Cunden la confusión y el caos. Los estudios más recientes hechos por organismos del Estado dicen que en el año 2016 murieron alrededor de 200 madres por causas relacionadas con el embarazo, el parto o el puerperio, que es el período que transcurre desde el alumbramiento hasta que la mujer vuelve a sus actividades normales.

Pero, por el contrario, una investigación de la escuela de medicina de la Universidad Nacional estableció que un año antes, en el 2015, habían muerto cerca de 600 mujeres en esas circunstancias. La diferencia entre uno y otro estudio es de 300 por ciento, imagínese usted.

El tema es tan desgarrador, y lo han ocultado tanto, que tuve que pasarme casi un año buscando noticias y testimonios. Por fin logro conversar con el médico Alberto Rizo Gil, especialista en salud pública, doctor del Real Instituto Holandés de Enfermedades Tropicales, en Ámsterdam, que también fue investigador y profesor en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston.

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Pobreza y analfabetismo
Las cifras de la mortalidad materna en Colombia son tan terribles que ni siquiera se acercan a las de otros países vecinos, como Cuba, Costa Rica o Chile, cuyo promedio anual está cinco o seis veces por debajo del nuestro.

En cuanto hace relación con los niños que sobreviven al parto y los que fallecen, el doctor Rizo me hace una advertencia todavía más dolorosa: “Cuando se analizan esas cifras por regiones o por razas, las diferencias son peores”.

Miren estos ejemplos: el promedio de niños recién nacidos que mueren en todo el país es de 60,7 por cada cien mil que nacen vivos. Pero en el caso específico del Chocó es de 357 muertos por cada cien mil. En la población rural dispersa hay 55 por ciento más muertes que en las áreas urbanas.

Cuando se analizan esas cifras por regiones o por razas, las diferencias son peores

En cuanto hace relación con la mortalidad de mujeres parturientas, un reciente estudio demuestra que es tres veces más alta en los departamentos más pobres del país (Chocó, Vichada, La Guajira, Córdoba, Guainía, Vaupés, Putumayo). Y el 60 por ciento de esas muertes se concentra en las regiones donde el índice de analfabetismo es mayor.

Indígenas y negras
Aunque nos parezca imposible que esa situación empeore, sí empeora cuando se trata de comunidades indígenas o negras.

–Pobreza, abandono, marginalidad, desigualdad: he ahí las causas determinantes de la mortalidad materna en Colombia –me dice el médico Rizo Gil.

Las estadísticas más desgarradoras le dan la razón: en las comunidades indígenas que se explayan por diferentes sectores del país la mortalidad materna es cinco veces mayor que entre el resto de la población. La muerte de mujeres embarazadas en el promedio nacional es de 60,7 por cada cien mil, pero entre las indígenas esa tragedia sube a 327,5 muertes por cada cien mil.

Como si fuera poco con todo eso, miren, por Dios bendito, esta noticia: el 22 por ciento de las madres indígenas muertas tenía menos de 19 años de edad. No digo más.
No quería decir más porque me duele el alma, pero es mi obligación agregar esto: la misma situación de las madres indígenas se está viviendo entre las comunidades negras en las costas del Caribe y el Pacífico.

Las cifras que tienen indignado al Chocó
Las causas
Otro investigador muy respetado, el médico Hernando Gaitán, sostiene que entre el 66 y el 89 por ciento de las muertes ocasionadas por la maternidad son evitables. “Casi la mitad de esas muertes en Colombia son ocasionadas por la hipertensión arterial asociada al embarazo”, dice el doctor Gaitán. “Le siguen la hemorragia posterior al parto, las complicaciones ocasionadas por un aborto y las infecciones”.

Pero resulta que, según añade, muchas instituciones hospitalarias no cuentan con la estructura adecuada ni con la experiencia necesaria para atender las severas complicaciones de un embarazo.

Entre el 66 y el 89 por ciento de las muertes ocasionadas por la maternidad son evitables

–Es terrible que eso ocurra por causas plenamente conocidas que pueden evitarse –agrega el médico Rizo Gil.

El doctor Gaitán redondea su explicación diciendo que “la pobreza, el bajo estatus que ocupa la mujer en nuestra sociedad, el escaso acceso a los servicios de salud, mala nutrición, problemas de transporte de las pacientes, todo eso explica que la mortalidad materna en nuestro país sea hasta veinte veces más alta que en los países industrializados”.

Cierre de hospitales
El doctor Rizo Gil, por su parte, hace una advertencia muy oportuna: los servicios de maternidad de clínicas y hospitales colombianos están sufriendo la misma crisis de todo el sistema de salud.

–Y como si fuera poco –prosigue Rizo–, la cantidad de partos por cesárea es asombrosa en Colombia. La Organización Mundial de la Salud recomienda de 20 a 30 por ciento de cesáreas en el total de partos que se producen en una región. Pues aquí hay regiones que llegan hasta el 80 por ciento, como ocurre en San Andrés Islas, Bolívar, Atlántico, Córdoba.

Eso, concluye el médico, “pone a la mujer intervenida en un alto riesgo de infección y de muerte que puede y tiene que evitarse”.

Todos los especialistas que pude consultar coinciden en que una de las principales razones de la enorme mortalidad de madres en Colombia –que los médicos llaman “mortalidad gestacional”– es el cierre permanente de hospitales especializados en atención materna.

Soluciones
El doctor Gaitán sostiene que la solución a esta crisis de la salud materna tiene que comenzar cuando logremos que de nuevo funcionen las redes hospitalarias de atención materna en los niveles de alta, media y baja complejidad, “y especialmente cuando podamos volver a contar con servicios adecuadamente equipados para la atención de urgencias obstétricas”.

Hay que fortalecer, según sus palabras, la vigilancia sobre las epidemias y las redes de salud materna en las localidades y regiones, empezando por las más lejanas y olvidadas del país.

Rizo y Gaitán coinciden, además, en advertir que es el Estado el primer responsable por la atención de la salud del pueblo. Recuerdan que en este momento hay muchos grupos de desplazados que no tienen servicios médicos, “ni siquiera para la atención ambulatoria de una enfermedad de transmisión sexual”, comenta Gaitán.

La educación
A pesar de que los investigadores y expertos ratifican que en casos como este la principal responsabilidad es del Estado, también recalcan que la educación es parte fundamental de dichas soluciones.

–No solo la educación académica, en colegios y escuelas –explica el médico Rizo–, sino especialmente en el propio seno de la familia. Desde que es joven, debe enseñársele a la mujer cómo identificar oportunamente las señales de riesgo que ocurren durante el desarrollo del embarazo, el parto y el puerperio.

Desde que es joven, debe enseñársele a la mujer cómo identificar oportunamente las señales de riesgo

Y, en consecuencia, la interesada podrá entonces acudir con prontitud a exigir servicios médicos adecuados para su situación. Ante ello, continúa Rizo, “las instituciones de salud deberán entonces prepararse (con equipos, insumos y personal entrenado) para atender y manejar las emergencias obstétricas”.

Epílogo
Una amiga mía, que no es médica pero sí es una verdadera autoridad en salud pública, me dice que el principal problema de la mortalidad materna colombiana no está tanto en el llamado “tercer nivel”, es decir, en clínicas y hospitales, sino en el nivel primario.

–En los pequeños centros de salud de aldeas y veredas –me escribe– no hay atención a las embarazadas ni a las parturientas. Allí empieza todo el drama.

Me acuerdo entonces de las cifras que aparecen en esta misma crónica sobre las muertes de madres indígenas y negras. Y me hago estas preguntas: ¿Será que sí hay presupuesto para ellas, pero no les llega porque también se lo está robando la corrupción? ¿Será que, tal como ha pasado con la hemofilia, el sida y los bastones de los ancianos, ya hay un ‘cartel de las embarazadas’?

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JUAN GOSSAÍN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO